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Demos un paso con esperanza

Para seguir reflexionando en este mes de la solidaridad, te invitamos a leer la columna de Camila y Vicente Fernández, Jefes generales de Misión de Vida 2020.

Corría el verano del año 2017 y gran parte del mundo, sobre todo nosotros como jóvenes, bailábamos día y noche al son del hit de Luis Fonsi titulado “Despacito”. Un éxito musical con enormes cifras de reproducción, amada por muchos, pero también blanco de críticas luego de que sonara una y otra vez en bares, radios, estadios, o cualquier lugar. Su coro, cantado de excelente forma con el exponente reggaetonero Daddy Yankee, relataba a una pareja que iba bailando “pasito a pasito, suave, suavecito” al ritmo de la música.


Quién diría que tres años después, aquellas palabras de precaución y dar tiempo a las cosas, tomarían un nuevo sentido. Durante Julio fue de público conocimiento que el Ministerio de Salud anunció un plan para enfrentar el coronavirus llamado “Plan Paso a Paso”, estrategia que consiste en una planificación de desconfinamiento gradual de diferentes comunas que vayan logrando ciertos criterios establecidos por la autoridad sanitaria. Se ha dicho que será un periodo en donde habrá que tener paciencia para salir de las restricciones y un periodo donde paulatinamente podremos ir retomando nuestras actividades.

En un contexto de confinamiento como el actual, en donde tenemos restricciones de movilidad y toque de queda en las noches, donde nos cuesta dejar de ver las cifras de fallecidos como simples números y donde nuestras actividades rutinarias de meses anteriores se vieron frenadas, nos preguntamos los jóvenes: ¿qué podemos aportar como jóvenes católicos? Se nos presenta el desafío de si seremos capaces de dar una respuesta.


Como proyecto misionero, en Misión de Vida tenemos la certeza de que nuestra vocación de salir a entregar nuestra alegría de ser católicos no sirve si solamente se practica en actividades específicas, durante diez días en vacaciones o cuando tengamos ganas. Tenemos que ir más allá. Como proyecto estamos convencidos de que tenemos que hacer de nuestras vidas una misión permanente. Estamos seguros de que un encuentro cercano y profundo con Cristo nos permite entender mejor sus enseñanzas; sabiendo que con nuestros talentos podemos crear una Iglesia y un mundo mejor.


Buscando una santidad tangible que no solo se queda en ideas, es que nos sentimos interpelados a ser misioneros de forma permanente en este particular escenario que estamos atravesando como país y como humanidad. Con creatividad y flexibilidad, estamos seguros que podremos revertir esta situación difícil que hoy nos toca vivir. Debemos preguntarnos cómo aportar en los distintos contextos y ámbitos desde las oportunidades, herramientas y recursos que tenemos disponibles, lo que no significa necesariamente cambiar en un 100% nuestros objetivos iniciales, pero sí la forma y/o el medio de lograrlos.


Estamos inmersos en una realidad nacional que nos interpela a ser proactivos, a ir más allá de lo que estábamos acostumbrados a hacer en años anteriores. Hoy, más que nunca nos hacen sentido las grandes palabras de San Alberto Hurtado, quien en su escrito “El deber de la Universidad” llamaba a los estudiantes de su época a que en “su profesión no solo sean técnicos, sino el obrero intelectual de un mundo mejor”. No bastará con pasar todos los ramos, ganar las ayudantías a las que postulamos u obtener premios de rendimiento académico si solo nos enfocamos en esa área de nuestra vida y no la potenciamos con un rol social activo. Debemos lograr una profunda y sentida vinculación entre nuestra vocación en el ámbito profesional con nuestra misión de católicos. Hagamos vida las palabras del Padre Hurtado cuando decía que “la caridad del universitario debe ser primariamente social: esa mirada al bien común. Hay obras individuales que cualquiera puede hacer por él, pero nadie puede reemplazarlo en su misión de transformación social”.


Teniendo aquellas palabras en mente, ¿cómo llevarlas a la acción en nuestra experiencia actual?

En este mes de la Solidaridad creemos que es fundamental tener vivo un espíritu misionero que logre acompañar en el difícil contexto que estamos atravesando y como Misión de Vida hemos querido acompañar tanto espiritual como materialmente a diferentes personas.


Este deseo de responder a la realidad actual, nos ha llevado a realizar el escrito “Un llamado a la esperanza”. Este pequeño libro está compuesto de diferentes oraciones y reflexiones para acompañar espiritualmente a personas que han estado muy solas, que no podían recibir visitas, que este tiempo les ha sido muy duro económicamente o que su labor se ha vuelto más difícil. Aunque sea un pequeño aporte, como un granito de mostaza, queremos que esta publicación sea un material que sirva a muchas personas a tener momentos de oración y reflexión, que los anime en medio de tanta dificultad. Así es como “Un llamado a la esperanza” lo repartimos entre pacientes del Hospital Sótero del Río, adultos mayores del hogar San Carlos de la Fundación Las Rosas, funcionarios de la universidad y familias del campamento Nueva Comaico.


Además, en conjunto con Pastorales de carrera enviamos cartas a cada funcionario de la universidad, mostrándoles cuánto valoramos su trabajo diario y constante dedicación y entrega a cada uno de nosotros como estudiantes, ya que cumplen un rol fundamental en nuestra formación como profesionales y también en un sentido más integral.


Unido a lo anterior, nuestro espíritu misionero nos ha llevado a querer vincularnos con el campamento Nueva Comaico. Quisimos involucrarnos en esta realidad, tomando como propias las palabras del Padre Alberto Hurtado, que nos invitan y hacen ver nuestra misión en la transformación social. Creemos que es un escenario que, aparte de darnos esta oportunidad de salir al encuentro del prójimo y cumplir con nuestro rol social como católicos, nos permite a cada uno estar muy presente y ser un aporte desde nuestras carreras y lo que cada uno es y ha vivido. La idea es permanecer apoyando y acompañando a este campamento, desde distintos ámbitos y que nuestra misión y compromiso se hagan permanentes en el tiempo. Para lograr nuestro objetivo, creemos esencial generar lazos con la comunidad, vínculos más profundos con la gente del lugar y que confíen en nosotros así como nosotros en ellos. Para esto hemos empezado con un apoyo más material: entrega de alimentos con una caja de mercancía, un almuerzo donado por la empresa Tucapel y 300 frazadas. De a poco hemos ido conociendo y acercándonos a la gente, a través de cartas para cada una de las 73 familias y la entrega material personalizada y casa por casa.


Unido a lo anterior, nuestras ganas por acompañar a quienes hoy están más solos y también querer crear un vínculo de apoyo con las familias de Nueva Comaico, despertó en nosotros la intención de retomar el contacto con las comunidades que habíamos visitado el año pasado. Así, realizamos las primeras “Misiones virtuales”. Contactamos a ocho comunidades que habían sido visitadas por el proyecto en años anteriores y a dos hogares de ancianos a través de llamadas telefónicas o videollamadas. Buscamos encontrarnos con las comunidades creando un vínculo cercano, cálido y alegre, rompiendo la lejanía y el distanciamiento de estos meses. Todos necesitamos hablar de corazón sobre lo que nos está pasando, ser escuchados con atención, comprometernos en el apoyo de uno a otro, rezar juntos y avanzar unidos.


Sabemos que no es lo mismo que una misión cara a cara y en persona, y no esperamos que sean un reemplazo a eso, pero sí una nueva forma de misión. Una forma de misión muy distinta y que a veces nos puede parecer rara al no conocer ni estar con el otro presencialmente, pero que a la vez nos abre puertas y facilita un contacto más permanente con las personas de las comunidades que misionamos.


Hoy, podemos estar cada uno en su casa y darnos cuenta de lo fácil que es llamar a alguien que conocimos en estas misiones virtuales un ratito después de almuerzo o rezar un rosario juntos en la noche. Tenemos la oportunidad de permanecer, ser un mayor aporte y dejar una huella más profunda, tanto en nuestra vida como en la de las personas con las que nos contactamos.

Finalmente, podemos decir que tanto el escrito “Un llamado a la esperanza”, el encuentro con Nueva Comaico, como el desarrollo de las “Misiones Virtuales” han despertado en nosotros la noción de que pese a la pandemia, igualmente podemos ser misioneros de Cristo en el Chile de hoy. De que Dios tiene sus planes y que al ser misioneros, debemos serlo en todo momento, en cualquier lugar y de la forma que Él nos inspira.


La pandemia del Coronavirus nos ha enseñado la importancia de los procesos, de la espera y responsabilidad de cada uno en cada acción que hacemos. El Covid-19 nos ha ido mostrando que cualquier avance o mejora en los índices de salud, por muy pequeño que sea, permite ir saliendo de a poco de los confinamientos. En medio de una sociedad acostumbrada a lo inmediato, a la velocidad de las noticias y a procesos que quieren ver rápidamente sus frutos, esta pandemia irrumpe y nos hace valorar la vida “pasito a pasito”.


Aunque sea paso a paso, lentamente, una acción tras otra, nos ha mostrado que nuestra misión va dejando huella en nuestro país. Tal vez nuestra misión no va a cambiar todas las injusticias y tristezas de nuestro país de un día para otro, pero estamos seguros de que sí va encendiendo en cada corazón el amor que Cristo nos enseña. No nos debemos contentar con entregar esperanza, sino que debemos ser esperanza. Busquemos hoy a nuestro alrededor, con la familia, vecinos o cercanos, cuál es nuestra mejor forma de aportar en el presente. Desde tu vocación, lo que tienes y eres. Juégatela y atrévete a ser esperanza a través del amor que Cristo nos entregó. Y así todos juntos: “CON EL AMOR DE CRISTO, ENCENDAMOS LA ESPERANZA”.


Camila Fernández y Vicente Fernández

Jefes generales de Misión de Vida 2020


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