• Carmen Villa

El legado de Santa Teresa de los Andes

Actualizado: sep 14

Conmemorando el centenario de muerte de la primera santa chilena, recordemos la vida de esta santa y a pesar de lo corta que fue, su legado espiritual y su ejemplo de santidad en lo cotidiano han tenido una tremenda fuerza evangelizadora en el último siglo.

Chile celebra este mes el centenario de muerte de la primera compatriota llegada a los altares: Santa Teresa de los Andes, quien fue llamada a la Casa del Padre el 12 de abril de 1920. Su año jubilar, que en principio iba a terminar el 13 de julio, se extenderá hasta abril de 2021, debido a la cancelación de eventos y al cierre de iglesias por el Covid 19.

Su centenario es una ocasión para recordar la vida de esta santa y a pesar de lo corta que fue, su legado espiritual y su ejemplo de santidad en lo cotidiano han tenido una tremenda fuerza evangelizadora en el último siglo.

Para ello Anclados consultó a dos expertos en el tema: Alexandrine Marie De La Taille, profesora e investigadora de la Universidad de los Andes, y el padre Cristhian Ogueda, de la comunidad de los carmelitas descalzos.

Su vida

Su nombre de pila fue Juana Enriqueta Josefina de los Sagrados Corazones Fernández Solar y fue la cuarta de seis hijos. Hija de Miguel Fernández y Lucía Solar. Sus hermanos fueron Lucía, Miguel, Luis, Rebeca e Ignacio. Con Rebeca tuvo una amistad particular ya que se llevaban solo un año y ocho meses.

Pertenecía a una familia de la élite chilena. Sin embargo, por algunas fallas en los negocios de su padre Miguel, la familia perdió una hacienda que tenían en Chacabuco y tuvo que mudarse a un lugar más modesto y ajustarse a un modo de vida más austero.

Como cualquier persona, Juanita tenía defectos. Era “regalona, mal genio y vanidosa”, dice Alexandrine. También indican sus biógrafos que tenía una fuerte inclinación a la pereza. Pero a la vez era una persona de buen corazón, preocupada por los demás, una amiga fiel y leal. “Estaba siempre cerca de todos sus hermanos, de los criados que trabajaban en su casa, de las amigas y los papás”, agrega la académica.

Servicio a los demás

Desde pequeña Juanita iba mostrando signos de un llamado a la vocación religiosa: “Tenía grandes deseos de hacer la primera comunión y en la oración tenía diálogos con Jesús y la Virgen. Ella pensaba que esto le pasaba a todo el mundo, pero luego se fue dando cuenta que no era así”, comenta la investigadora. Juanita tuvo que esperar hasta los diez años para recibir a Cristo en la Eucaristía. El padre Cristhian asegura que este momento fue para ella “un primer encuentro grande con el Señor, una experiencia de cielo, ella siente por primera vez una voz interior”.

Cuando tenía solo diez años comenzó a sentir un fuerte amor esponsal hacia Jesús y a verse como contemplativa en el Carmelo. Había leído “Historia de un alma” de Santa Teresita de Lisieux quien en esa época no había sido canonizada pero sí comenzaba a hacerse conocida como mística. Sus escritos la impactaron profundamente.

La santa iba con su madre a visitar a los más necesitados, a servirles, les daba ropa, les quemaba aquella que estuviera infectada y les llevaba desayuno. En resumen, Juanita vivía la caridad con los demás “puertas adentro y afuera”, indica Alexandrine.


Ejemplo de combate espiritual

La lucha de Juanita por combatir sus defectos continuaba en su juventud. Por su gran sensibilidad y afectividad a veces se ponía celosa de que alguien le prestara más atención a ella. El padre Cristhian cuenta que, en un momento de celos, miró al Sagrado Corazón y sintió que Jesús le dijo: “Yo estoy solo por amor a ti y tú ¿no puedes aguantar un momento por tu amor estoy aquí solo?”. Según el sacerdote, “aquí comienza a nacer la Teresa de los Andes”.

El sacerdote asegura que las cualidades, defectos y susceptibilidades de Juanita “estaban ahí igual que nuestra humanidad” y que ella experimentaba “este derrumbarse cada instante, esas caídas que necesitan mucho cobijo. Al principio era débil, susceptible, quebradiza, todo la hacía llorar, le hacían bullying, no sabía defenderse. Era frágil”. Pero al sumergirse en la vida de oración y tener una relación tan estrecha con Jesús “terminó siendo una persona fuerte, entregada, abnegada y dueña de sí” pues el poder de la oración “le ayudó a soldar su camino”.

Su juventud se desarrolló de manera normal para una chica de su edad: tenía muy buenas amigas, le gustaba montar a caballo, jugar tenis e ir de vacaciones al campo y a la playa. Era muy buena moza y tuvo algunos pretendientes. Sin embargo, ella tenía la conciencia clara de que era para Dios. Y aunque el Carmelo la atraía fuertemente, en un momento tuvo el dilema de si entrar allí o en la comunidad del Sagrado Corazón con las religiosas de su colegio y así entregarse a Dios en medio de la vida activa. El padre Cristhian asegura que esta decisión “le costó horrores”. Sobre este tema Alexandrine comenta: “Finalmente decidió el Carmelo, porque si ella estuviera en el mundo, los frutos de su apostolado los vería en la tierra pero si optaba por el claustro, solo los vería en el cielo”.

Juanita tuvo una amistad muy estrecha con varias de sus parientes y compañeras del colegio. “Ella acompañó espiritualmente a su hermana Rebeca y a sus amigas. Fue como una pedagoga, creó una comunidad en torno a ella y muchas de sus compañeras, o fueron religiosas o laicas comprometidas y la tuvieron como referente”, indica el padre Cristhian.

Su vida en el Carmelo

Llegó para Juanita el día esperado: el 7 de mayo de 1919 ingresó a la orden del Carmelo en el convento situado en Auco, la región de Valparaíso. Según el padre Cristhian ella entró en la comunidad “madura en la fe” y los once meses que pasó allí él los considera como “el broche de oro” en los cuales Dios le revela “su misión y su experiencia trinitaria con el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo”. Ella en realidad “ya vivía la espiritualidad carmelita desde su casa”, indica el sacerdote. En las cartas que envía a sus amigos y familias, Teresa de Jesús, nombre que adoptó al entrar, “da un giro notable” ya que sus primeras cartas “son más morales” y en las últimas ella “está siendo mensajera de la confianza y del amor de Dios”. Teresa rápidamente “absorbe la espiritualidad carmelita y el abandono en Dios. Invita a las amigas a soltar un poco las amarras”, indica el sacerdote.

La joven religiosa se ofrecía para hacer los trabajos domésticos más difíciles sin ninguna queja. Se destacaba por su mística, por la felicidad total de ser carmelita y la convicción de salvar almas desde la celda.

En enero de 1920 escribió una carta a su hermana Rebeca que al parecer, la impactó profundamente. Teresa percibía en ella signos de que pudiera estar llamada al Carmelo: “Únete también a tu carmelita, la cual jamás puede hacer su propia voluntad en nada, y es casualmente lo que más le cuesta a todo hombre; más encadenarla por Dios es vivir libre, es vivir de amor”.

A principios de marzo de 1920 Teresa tuvo una señal en la que vio que moriría en un mes. Ella le comentó a su confesor quien le dijo que esperara y se pusiera en las manos de Dios. En Semana Santa, comenzó a sentir altas fiebres y una vez celebrada la Pascua cayó en cama para no levantarse más. Le fue diagnosticado Tifus y al ver que su enfermedad no tenía cura, recibió el permiso excepcional para realizar su profesión religiosa in artículo mortis, que significa “a punto de morir”, lo que indica que si se recupera, vuelve a su estado de novicia y continúa con su formación. Ella, a pesar de su gran debilidad, pronunció la fórmula de su consagración con firmeza y quedó así incorporada a la orden del Carmelo el 6 de abril de ese año. Teresa murió en la tarde del 12 de abril de 1920. Sus últimas palabras fueron: “mi esposo”, mientras miraba fijamente un crucifijo.

Después de la muerte de Teresa, su hermana Rebeca decidió ingresar al Carmelo para ocupar su lugar en la celda. Ella murió a los 40 años con fama de santidad.

Hoy el santuario de Santa Teresa de los Andes, ubicado a 55 kilómetros de Santiago de Chile, tiene como rol a acoger a los peregrinos. Allí se encuentra su tumba y un museo que tiene varios de sus objetos personales y sus manuscritos. “Es el polo misionero donde va mucha gente a pedirle a ella consuelo, una gracia. La ven como un puente y mediadora”, según indica el padre Cristhian. Allí van en peregrinación unos cien mil jóvenes en el mes de octubre tras caminar unos 30 kilómetros.

Así esta santa de lo cotidiano ha tenido una gran fuerza misionera y su testimonio ha llevado a muchas personas a Dios en el último siglo. Sus palabras tienen hoy una tremenda actualidad: “Cuando el peso de la cruz nos agobie, llamemos a Jesús a nuestro auxilio. Él marcha adelante y no se hará sordo nuestro gemir. A pesar de sus dolores en el camino al calvario, consoló a las santas mujeres; ¿por qué no nos ha de confortar? ¿Acaso Jesús no está allí en el tabernáculo para alentarnos?”, escribió la santa en una de sus cartas.





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