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El luto en tiempos de pandemia

Actualizado: ago 13

Pasan los días y el coronavirus cobra cada vez más fuerza, aumentando el nivel de contagio y la cantidad de personas fallecidas a nivel global.

El Papa Francisco ha pedido que en esta pandemia, “no nos alejemos unos de otros”, lo que representa un desafío y una oportunidad de la Iglesia para estar más cerca de los que sufren.

Te compartimos esta reflexión de Fray Paulo López, académico de la Facultad de Teología de la Universidad Católica de Chile y Doctor en Bioética, donde aborda el tema de cómo acompañar y ayudar a quienes han perdido a un ser querido durante este tiempo de crisis.

El luto en tiempos de pandemia


Fray Paulo López

Profesor asistente de la Facultad de Teología UC

Doctor en Bioética


La pregunta por excelencia que resume bíblicamente el dolor frente a la muerte de un ser querido es la que Marta hace a Jesús: “Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto.” (Jn 11, 21). En tiempos de pandemia —a nuestro sentir— dos son las condiciones que agravan este dolor: la lejanía de los familiares y la soledad del que agoniza, y el no poder dar nuevo sentido la muerte por la imposibilidad de celebrar los ritos funerarios, compartir o recibir consuelo de otros. Estos fenómenos añaden un dolor mayor a una experiencia de por sí dolorosa.


La muerte es percibida e imaginada por el hombre como una descomposición, una disolución, una ruptura (Juan Pablo II, Pontificia Academia de las Ciencias. 14 de diciembre de 1989). Es la expresión definitiva de nuestra existencia como signo de la fragilidad, del límite y de la derrota, símbolo concreto del absurdo que amenaza y a aguijonea nuestra existencia, es la máxima pasividad. La muerte es signo de nuestra finitud, es nuestro fin en relación con carne, con otros, con en el mundo y con el tiempo. La muerte es la última enemiga del hombre.


A este dolor se agregan sentimientos de culpa, ya sea por no haber ver visto rostro del ser querido en sus últimos momentos, no escuchar su última voluntad o, en otros casos, ser responsable del contagio por Covid-19.


¿Qué hacer frente a esta experiencia?

Siguiendo los consejos de Jasson Régulo Marcos en su libro “Morte e lutto nella crisi del coronavirus: cosa fare?”, podemos afirmar:

  1. Aprovechar los medios de comunicación. Mantener el diálogo con los seres queridos por medio de las redes sociales o de video llamadas. Esta comunicación, aunque remota ayuda a no solo soledad de los pacientes, sino a la angustia de sus familiares. Es importante rescatar iniciativas hospitalarias como el proyecto Cirineo del Hospital de la Florida, a cargo de las Dra. Alejandra Florenzado y Paula Cox, que consiste en la donación de teléfonos usados, juegos y la oración, orientado a esta fortalecer esta comunicación.

  2. No decaer en la realización de ritos funerarios: dar nuevo sentido la muerte es importante, no solo como un acto de humanización que aspira a la trascendencia, sino como parte del compartir y expresar este dolor. Los ritos cristianos —que cualquier laico puede hacer— como los responsos o el oficio divino para los difuntos son parte de esta tradición que, como Hijos de Dios, ponemos nuestro dolor y la vida de nuestro difunto en las manos de la misericordia de este Padres amoroso;

  3. Expresar a pesar del aislamiento nuestro dolor: Escribir o graficar nuestro dolor y angustia, recordando la vida de nuestros seres queridos, las riquezas que nos ha dejado y nuestras propias experiencias. Estas acciones disminuyen la culpa. Realizar nuestro luto implica avanzar. Continuar con nuestra vida;

  4. Recordar nuestra vida junto a nuestro ser querido, darnos espacio para el silencio y el recuerdo de aquellas cosas que él o ella nos han dejado, recordarlo por medio de fotografía, videos, momentos íntimos que pueden ser compartidos con nuestros familiares en especial con los menores que a su modo deben vivir también sus propios duelos;

  5. Como comenta Laura Rivolta, psicoterapeuta en vanityfair.it, otras acciones son sacar nuestra rabia para hacer lugar a la memoria, es necesario poner a un lado la rabia, ya que rumiar la culpa y los sentimientos de aquello que ‘no se pudo hacer’ es contraproducente a nuestra propia salud y de aquellos que aún quedan vivos. Dar paso a la memoria, como hemos dicho, puede saciar esa sed que se experimenta.

No debemos olvidar que el relato de Marta sigue con la respuesta de Jesús, que nos abre no solo a la trascendencia, son a la experiencia religiosa de aquel que venció a la muerte con su propia muerte (CIC 1019). La muerte de Jesús fue un evento trágico, desgarrador, pero esta muerte es signo de tres elementos esenciales en nuestro conocimiento sobre Dios:


a) Dios eterno, asume la muerte como parte de su propia realidad en la persona de Hijo.

b) El amor que Dios manifiesta sobre este hombre finito.

c) Jesús elimina este aguijón de la muerte (1 Cor. 15, 55), elimina su poder e instaura el Reino de la Vida. (cf. Juan Noemi C, «Vida y muerte: una reflexión teológico-fundamental», Teología y vida (2007)).


A Marta, al igual que a todos nosotros, Jesús nos recuerda la Resurrección: “Tu hermano resucitará”. Esta resurrección no es sólo un hecho espiritual, sino que un continuar con la vida creada y querida por nuestro Dios (CIC 1005), ya que la muerte entra en nuestra realidad por el pecado (GS 18), no es un acto querido por Dios; Él no es el creador de la muerte, sino que Jesús —Dios mismo— es la “Resurrección y la Vida”. Jesús nos recuerda que “el que cree en Mí, aunque muera, vivirá: y todo el que vive y cree en mí, no morirá jamás”. Esta afirmación de fe, esta revelación de la propia misión de Dios es un grito a nuestra propia conciencia y un signo de fidelidad a esta llamada de Dios que se expresa en la fe del creyente. Por ello, frente a la muerte, al dolor y a la angustia Jesús nos vuelve a preguntar “¿crees esto?”.



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