Gabriela Mistral - Alma literaria

Actualizado: ago 31

Empezamos el viaje literario con nuestra Premio Nobel Gabriela Mistral, quien, a parte de profesora y poetisa, era ferviente cristiana.

El místico Valle del Elqui era buen escenario para cobijar a esta poetisa desde sus inicios. Allí, nace Lucila Godoy Alcayaga, hija de un profesor y una modista. Empezó desde su adolescencia a desempeñarse

como profesora, a la par que a la escritura de poemas, que descubrió como su segunda pasión. A medida que fue fluyendo en ella la lírica, se dio a sí misma el seudónimo de Gabriela Mistral, en homenaje a dos de sus poetas favoritos, el italiano Gabriele D'Annunzio y el francés Frédéric Mistral.


Ejerció como profesora (innata, sin estudios, por falta de dinero) en escuelas desde La Serena hasta Punta Arenas, mientras publicaba sus poemas en prensa de la época.


En sus obras fue aunando los mundos que más la apasionaban, con temáticas como la protección a la infancia, la vulnerabilidad y la pobreza, la admiración por la naturaleza. Pero también era un tema su inmenso fervor religioso, y, a pesar de que ciertos sectores catalogaron sus creaciones como "paganas" y "socialistas”, la mayoría de su obra está impregnada de la figura de Jesús y de un impulso fervoroso por amar.


“Sonetos de la muerte” y “Desolación” son de sus obras más renombradas, que se fueron haciendo conocidas al tiempo que su autora viajaba por el mundo mientras oficiaba como cónsul, planteaba modelos educativos, escribía e influía en poetas de su generación, como Pablo Neruda.

En 1945 ganó el Premio Nobel de Literatura, convirtiéndose en la primera persona de latinoamérica con el galardón. (Sólo después de eso se le entregó en Chile el premio Nacional de Literatura… cosas que pasan en Chile).

Hasta hoy se instaura como una de las mujeres más influyentes en la literatura mundial.


Aquí dejamos uno de sus poemas que plasman su pasión por lo natural, lo humano y lo trascendente:


Himno al árbol


Árbol hermano, que clavado

por garfios pardos en el suelo,

la clara frente has elevado

en una intensa sed de cielo;

hazme piadoso hacia la escoria

de cuyos limos me mantengo,

sin que se duerma la memoria

del país azul de donde vengo.

Árbol que anuncias al viandante

la suavidad de tu presencia

con tu amplia sombra refrescante

y con el nimbo de tu esencia:

haz que revele mi presencia,

en las praderas de la vida,

mi suave y cálida influencia

de criatura bendecida.

Árbol diez veces productor:

el de la poma sonrosada,

el del madero constructor,

el de la brisa perfumada,

el del follaje amparador;

el de las gomas suavizantes

y las resinas milagrosas,

pleno de brazos agobiantes

y de gargantas melodiosas:

hazme en el dar un opulento

¡para igualarte en lo fecundo,

el corazón y el pensamiento

se me hagan vastos como el mundo!

Y todas las actividades

no lleguen nunca a fatigarme:

¡las magnas prodigalidades

salgan de mí sin agotarme!

Árbol donde es tan sosegada

la pulsación del existir,

y ves mis fuerzas la agitada

fiebre del mundo consumir:

hazme sereno, hazme sereno,

de la viril serenidad

que dio a los mármoles helenos

su soplo de divinidad.

Árbol que no eres otra cosa

que dulce entraña de mujer,

pues cada rama mece airosa

en cada leve nido un ser:

dame un follaje vasto y denso,

tanto como han de precisar

los que en el bosque humano, inmenso,

rama no hallaron para hogar.

Árbol que donde quiera aliente

tu cuerpo lleno de vigor,

levantarás eternamente

el mismo gesto amparador:

haz que a través de todo estado

—niñez, vejez, placer, dolor—

levante mi alma un invariado

y universal gesto de amor!



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